Colombia:
Pobreza e indigencia
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
De acuerdo a la Misión para el Empalme de
las series de Empleo, Pobreza y Desigualdad (Mesep), convocada por el Dane y
Planeación Nacional con el objeto de actualizar las cifras de pobreza y
desigualdad, en Colombia se reduce la pobreza mientras la indigencia aumenta. Preocupa demasiado que en nuestro país
subsistan 20 millones de pobres y 8
millones de indigentes. De cada 100 colombianos, 46 viven en condiciones de
pobreza, de cada 100 colombianos 65 son pobres en las zonas rurales, en las
ciudades de cada 100 colombianos, 39 son pobres. Cifras que llevan al
cuestionamiento de las políticas económicas del Gobierno y a la falta de
compromiso del Congreso para asumir iniciativas, proyectos y legislaciones que ayuden a enfrentar la problemática. En
materia de pobreza, desigualdades e iniquidades, Colombia está entre los países
de peor desempeño en Latinoamérica.
Según el economista Juan Camilo Restrepo, “El país desaprovechó
tristemente los años de vacas gordas (2002-2007), que fueron años de alto
crecimiento económico, de abundante inversión nacional y extranjera, de
comercio internacional robusto y de altos precios en los productos básicos, para haber
construido una sociedad más justa y más equitativa. Crecimos, sí; pero los
grandes beneficios de este crecimiento fueron a dar a los más ricos, no a los
más pobres”. Media década perdida para la economía nacional y para el
mejoramiento de la calidad de vida de los colombianos, precisamente porque hubo
crecimiento económico pero no desarrollo social.
En nuestro país un hogar es considerado pobre cuando está conformado por
cuatro personas y tiene ingresos inferiores a un millón cien mil pesos
mensuales. La indigencia o pobreza extrema se presenta cuando los hogares de cuatro integrantes no cuentan
con ingresos suficientes para comprar una canasta básica de alimentos por un
valor de 450 mil pesos.
Datos y reflexiones que ponen en entredicho la materialización de los derechos económicos y sociales, los
cuales tienen como finalidad liberar al ser humano de la miseria y el
logro de la satisfacción de las necesidades fundamentales, capaces de ser
garantes de un nivel de vida acorde con la dignidad de cada persona. El Estado
tiene como obligación brindar los medios
para acceder a un trabajo libremente
escogido y aceptado, fomentar el crecimiento económico secundado por el
desarrollo social, combatir el
desempleo, velar por unos salarios justos y por el trato humano a los
trabajadores.
Desde hace tiempo, expertos en
economía y en política le vienen
recomendando al Gobierno una revisión y rectificación de sus políticas
socioeconómicas. Ya es hora de que el presidente
Uribe deje conocer su corazón grande
mediante un contundente plan de economía
social. Atender los derechos económicos y sociales es una prioridad en este
país. Si bien es necesario enfrentar las causas subjetivas de la violencia, es
indispensable enfatizar en las causas objetivas y enfrentar con decisión la
pobreza y la indigencia. No se puede presuponer una verdadera seguridad
democrática a espaldas de los derechos sociales y económicos. El trabajo productivo es indicador relevante
para el crecimiento económico, el desarrollo social y la convivencia
civilizada. No se puede acabar la pobreza aumentando la indigencia, ni con
medidas populistas que incentiven una sociedad mendicante, pedigüeña y atenida.
El economista y político chileno Manfred Max-Neef, en su ensayo
“Desarrollo a escala humana”, se refiere a un sistema de necesidades
fundamentales y sugiere no hablar de pobreza sino de pobrezas: “De hecho
cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela
una pobreza humana”. Agrega que a cada pobreza le corresponde una patología
encaminada al detrimento del bienestar físico y mental del ser humano. Sin
embargo, no dejan de aparecer publicaciones que indican que Colombia es uno de
los países más felices del mundo. ¿Será que tenemos tergiversados los valores?
¿Qué entendemos por felicidad los colombianos?
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