miércoles, 8 de noviembre de 2017

COLOMBIA: CRECIMIENTO ECONOMICO SIN DESARROLLO SOCIAL




Colombia: crecimiento económico sin desarrollo social
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
                   Crecimiento económico y desarrollo social son dos categorías que están estrechamente relacionadas. Cuando un país logra aumentar el Producto Interno Bruto, PBI, incrementar la producción de bienes y servicios para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, se puede afirmar que existe crecimiento económico y por ende, desarrollo social.
                  El desarrollo económico es una respuesta a planes estructurados encaminados a establecer innovaciones científicas, tecnológicas, comerciales, etc., que garanticen el aumento de la productividad, el mejoramiento de los ingresos de la población tendientes a combatir la miseria y la pobreza.
                  Hace algunos años, en foro sobre el tema de la pobreza y cómo combatirla, expertos resaltaron que el crecimiento económico es condición básica para contrarrestar las profundas desigualdades socioeconómicas. Se enfatizó que en Colombia el crecimiento económico está beneficiando a los ricos.  Situación escandalosa y preocupante que invita al Gobierno, a los partidos políticos, a los gremios de la producción, al Congreso, entre otros actores, a  concentrar esfuerzos para generar estrategias hacia el mejoramiento de las condiciones de vida de millones de compatriotas.
                   En un  informe de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, señala que la creación de empleo es un desafío importante para los gobiernos latinoamericanos. En  Latinoamérica el desempleo bajó a 8,6 por ciento, mientras Colombia presenta niveles elevados de desempleo, el 12,1 por ciento  según datos no tan lejanos, situación preocupante porque en el país no vislumbran políticas públicas que signifiquen el empleo cono una prioridad.
              Es por eso, que nos atrevemos a pensar  que Colombia requiere con urgencia unos planes de desarrollo a nivel nacional, regional y local, políticas públicas y privadas -porque desde la empresa privada se pueden diseñar e implementar políticas públicas- para generar empleo permanente y bien remunerado, capaces  de hacer realidad la dignidad de las personas. No puede ser justo ningún gobierno donde los trabajadores sigan subsistiendo con un solo dólar por día. No es posible el crecimiento económico mientras se sigan cerrando empresas echando a los trabajadores a la calle. El modelo neoliberal no sólo es injusto sino también perverso.  El desempleo minimiza el ingreso de las familias y acrecienta el problema social.           
               A Colombia le  urge invertir en construcción de carreteras, puentes, escuelas, colegios, universidades, hospitales, acueductos, redes eléctricas, etc. Aún no se dinamizan los procesos de modernización económica, entre otras cosas,  porque hemos contado con gobiernos faltos de sensibilidad social y porque seguimos rezagados en ciencia y en tecnología. Las universidades no deben estar ajenas al crecimiento económico. La investigación debe ser una prioridad. Algunas se han quedado cortas, pues a pesar de conformar redes y centros de investigación, éstos sólo existen de nombre porque no producen nada. Mientras el Estado y las universidades asuman una actitud mezquina ante los procesos de investigación, mientras no inviertan un solo peso  y pretendan que las investigaciones resulten como por arte de magia,  seguirán obstaculizando el crecimiento económico. Las universidades deben fomentar programas acordes a las necesidades de las regiones y hacer dejación de carreras no pertinentes o que ya tienen saturado el mercado laboral.
              Durante épocas preelectorales y electorales en general, el proselitismo no está exento del tema del empleo o desempleo, pero sin planes ni propuestas  que estimulen la emoción de las personas, que validen la posibilidad de elegir con confianza. El país continúa figurando por el alto índice de desempleo y de abstención electoral. En Colombia  son miles de personas excluidas del derecho esencial al trabajo. Que si tuvieran trabajo en condiciones de dignidad, tanto gobernantes como gobernados no tendrían  que recurrir a medidas asistencialistas que sólo reproducen una sociedad mendicante y atenida.
                Son grandes los retos que tiene el Estado colombiano y los gobiernos venideros en materia de empleo y de economía social,  coyuntura que deben aprovechar también las instituciones financieras, los gremios de la producción, los partidos políticos, el Congreso que cada vez está más desprestigiado y deslegitimado, con no pocos congresistas enfrascados en problemas de corrupción y motivados por  prebendas personales;  en fin, todos los actores sociales que tienen en sus manos los hilos del poder.
               También es necesario que los gobiernos latinoamericanos busquen la forma de renegociar la deuda externa para asumir un comportamiento diferente frente a los organismos internacionales de crédito.

               En tiempos de postconflicto, se espera la construcción de un país que garantice la paz política, es cierto, pero es necesario enfatizar también en la paz social, y para que esta última se concretice los beneficios de la economía no se deben  limitar a unos pocos, sino hacerlos extensivos al resto de la sociedad. Es bueno y necesario que a la economía colombiana le vaya bien pero que al país también.


              

COLOMBIA: PAÍS FELIZ

Colombia, país feliz
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
Cómo hace falta en Colombia asumir prácticas de tolerancia, de respeto y consideración  al otro, de solidaridad, de socialización política, de diálogos y concertaciones, de reconocimiento de las diferencias, de solución negociada de los conflictos;  en fin, prácticas que puedan validar la construcción de una ética ciudadana capaz de crear tejido social en procura de una sociedad democrática basada en valores de igualdad, la libertad, los derechos individuales y colectivos, la participación ciudadana, elementos  cuya vigencia debe caracterizar la existencia de una sociedad moderna.
Las múltiples expresiones de violencia de la sociedad colombiana nos muestran a diario la poca capacidad de cohesión social. El individualismo enfermizo, la indiferencia generalizada, el asechar  al otro  para atacarlo, la envidia que enaltece el egoísmo, la desconsideración, la mala fe, la intriga, el menosprecio, la inseguridad, los abusos de toda índole son prácticas cotidianas que se encargan de generar un ambiente de desconfianza y  escepticismo.
Discusiones innecesarias, ofensas y descalificaciones,  escándalos de toda clase  promovidos por  personas que debieran dar ejemplo en la sociedad. El choque de poderes, amenazas que van y vienen, sacadas de ‘cueros al sol’, oportunismos o moralismos baratos, la pérdida de la paciencia de unos y de otros, dar lidia para quedarse callados son acciones que abonan un ambiente de país desencantado.
No nos podemos imaginar cómo en condiciones de arraigadas violencias, Colombia pueda ser realmente un país  feliz. ¿Qué entendemos los colombianos por felicidad? ¿Tenemos trastocados los valores?
Es posible construir tejido social en la diversidad. Es absurdo presuponer que en una Nación pluriétnica y multicultural como la nuestra todos pensemos y queramos lo mismo. No es posible desconocer las relaciones entre sociedad - conflicto y entre conflicto y cambio. Siempre habrá choques de intereses y en necesario que así sea. El problema está en cómo se tramitan y ‘solucionan’ los conflictos y las diferencias. Las más importantes características de la violencia colombiana no están circunscriptas en el plano político, hay que buscarlas en lo social, en lo privado y en los múltiples escenarios de la denominada ‘sociedad civil’. En escrito “Sobre la guerra”, Estanislao Zuleta sostiene que “el conflicto y la hostilidad son fenómenos tan constitutivos del vínculo social como la interdependencia mutua”. Es así como la violencia ha sido históricamente consubstancial al ejercicio de la democracia en Colombia. Algo paradójico pero cierto.

El Estado debe comprometerse en hacer efectivo un país mejor. Un modelo económico incluyente, unos poderes públicos independientes y coherentes, garantizar a todos los asociados unas condiciones socioeconómicas acordes a la dignidad de las personas, etc. A la vez se debe hacer esfuerzos para la construcción y consolidación de sociedad civil sin la cual no es posible el tejido social. El historiador francés Francois Furet habla de una ética de las relaciones sociales y políticas conformadas por un conjunto de normas o valores que regulan las relaciones entre individuos y entre éstos y la sociedad política que los representan.

COLOMBIA: VIOLENCIA Y CORRUPCION

Colombia: Violencia y corrupción
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com

         Hasta hace unos años el problema más sentido de la sociedad colombiana era la violencia, ahora que se respira por fortuna un ambiente de paz,  el problema vigente es la corrupción en todos los niveles.
          Sin embargo, es conveniente destacar que toda apropiación abusiva de los bienes de interés público, es una actitud violenta que en una sociedad como la nuestra,  en condiciones de pobreza y de miseria, hace demasiado daño.
            Nada más violento que privatizar lo que debiera de ser público. Quienes se roban la plata de la salud, de la educación, de la recreación, del deporte, de la vivienda, etc. son criminales que violentamente les niegan la posibilidad de vivir dignamente a miles de personas que se encuentran esperanzadas en mejorar sus condiciones de vida.
             No puede ser secreto que muchos derechos que bien podrían garantizar una existencia verdaderamente humana son conculcados o suspendidos por culpa de apetitos mezquinos   de los corruptos.
             Por todos lados por donde se transite, en todos los escenarios donde discurrimos la existencia cotidiana, no se habla de otra cosa que de la corrupción. Es el tema de moda.
              Como estamos en época preelectoral, el discurso político actual está encaminado a censurar la corrupción pero la gente poco se entusiasma, ya está cansada de tanto verbo durante los procesos electorales para después constatar la decepción. Existe un escepticismo colectivo. No hay en quién creer. Ver,  por ejemplo, cómo suben       vertiginosamente los sueldos de los congresistas mientras la exclusión, el olvido estatal, la pobreza y la miseria evidencian el despertar de cada día de la gran mayoría de colombianos, son hechos que producen indignación. Razón tienen quienes piensan que sin justicia social jamás habrá paz. Impedir democratizar la sociedad, actuar con privilegios y mezquindades son actos de corrupción y de violencia.
               Personajes que debieran ser buenos paradigmas cada vez desencantan más. Desde toda la estructura del poder, cada día nos sorprende un nuevo escándalo. Desde presidentes de la República, ministros, gobernadores, alcaldes, diputados, concejales, jueces, magistrados, procuradores, fiscales, militares, etc. están o han estado involucrados en hechos de corrupción. Tan generalizado está el problema que el asunto ya se está convirtiendo en una nueva  cultura.
                Todo esto ha implicado que se haya perdido la confianza en la fe pública mientras las instituciones se deslegitiman. Lo cual es agravado por el alto índice de impunidad en un país en donde se tiene la sensación de que la justicia nunca llega.  En muchas partes la justicia nunca llega y eso hace que se incremente el delito; de lo contrario no se produciría la sensación de impotencia de parte de una población afectada por toda serie de carencias y necesidades, que pide a gritos el rescate de la moral pública, sin que esta aspiración colectiva se haga posible. Es muy común escuchar, con sobrada razón, que en Colombia hasta la sal se corrompe.
                 Un fiscal anticorrupción sindicado de corrupto, un ex procurador destituido por lo mismo, pero no obstante, anda bien campante dando cátedra de anticorrupción con apetitos electorales; estos casos,  a manera de ejemplo, sólo son posibles en este país donde pasa de todo pero nada pasa.
                  Colombia requiere con urgencia la aparición de nuevos y buenos paradigmas, capaces de devolverles la fe a los ciudadanos, que restituyan su confianza y que obren bajo los parámetros de la moral y de la ética.
¿Y en dónde está la salida?  En la educación precisamente. Ante el estado de decadencia en que nos encontramos, el sistema educativo que procede de la misma estructura del Estado  tiene una alta dosis de responsabilidad.
                  En las instituciones educativas y en las universidades, por ejemplo, se enseñan técnicas y habilidades para enfrentar una serie de necesidades sociales circunscritas a la economía pero se descuida la formación humana en valores y principios, que hagan posible una sociedad fundamentada en pensamientos y actitudes acordes a la moral pública.
 Como esto no sucede, la sociedad se desmorona. El Estado en crisis, la familia en crisis, la educación en crisis, la justicia en crisis, etc. son indicadores preocupantes que de no ponerles atención, lo único seguro es quedar sumergidos en el mar de las decepciones y sucumbir en el abismo.
                El apego obsesivo  al dinero y al poder, la ambición enfermiza por enriquecerse lo más pronto y sin esfuerzo, alcanzar el éxito sin valorar los medios,  son actitudes cuestionables que en mucho explican el estado de degradación moral en que ha caído nuestra sociedad.
                Una nueva luz necesita Colombia, un nuevo amanecer. Hay que levantar los cimientos para la construcción de un nuevo país, erigido con unas sólidas columnas de la moral y de la ética. Donde la moral pública sea cuestión de principios y convicciones y no de circunstancias y conveniencias. Los principios no se enajenan, ni se compran, ni se venden.



COLOMBIA: POBREZA E INDIGENCIA

Colombia: Pobreza e indigencia
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
              De acuerdo a la Misión para el Empalme de las series de Empleo, Pobreza y Desigualdad (Mesep), convocada por el Dane y Planeación Nacional con el objeto de actualizar las cifras de pobreza y desigualdad, en Colombia se reduce la pobreza mientras la indigencia aumenta.  Preocupa demasiado que en nuestro país subsistan  20 millones de pobres y 8 millones de indigentes. De cada 100 colombianos, 46 viven en condiciones de pobreza, de cada 100 colombianos 65 son pobres en las zonas rurales, en las ciudades de cada 100 colombianos, 39 son pobres. Cifras que llevan al cuestionamiento de las políticas económicas del Gobierno y a la falta de compromiso del Congreso para asumir iniciativas, proyectos y legislaciones  que ayuden a enfrentar la problemática. En materia de pobreza, desigualdades e iniquidades, Colombia está entre los países de peor desempeño en Latinoamérica.
                Según el economista Juan Camilo Restrepo, “El país desaprovechó tristemente los años de vacas gordas (2002-2007), que fueron años de alto crecimiento económico, de abundante inversión nacional y extranjera, de comercio internacional robusto y de altos precios  en los productos básicos, para haber construido una sociedad más justa y más equitativa. Crecimos, sí; pero los grandes beneficios de este crecimiento fueron a dar a los más ricos, no a los más pobres”. Media década perdida para la economía nacional y para el mejoramiento de la calidad de vida de los colombianos, precisamente porque hubo crecimiento económico pero no desarrollo social.
               En nuestro país un hogar es considerado pobre cuando está conformado por cuatro personas y tiene ingresos inferiores a un millón cien mil pesos mensuales. La indigencia o pobreza extrema se presenta cuando  los hogares de cuatro integrantes no cuentan con ingresos suficientes para comprar una canasta básica de alimentos por un valor de 450 mil pesos.
               Datos y reflexiones que ponen en entredicho la materialización  de los derechos económicos y sociales, los cuales  tienen como finalidad  liberar al ser humano de la miseria y el logro de la satisfacción de las necesidades fundamentales, capaces de ser garantes de un nivel de vida acorde con la dignidad de cada persona. El Estado tiene como obligación  brindar los medios para acceder a un trabajo  libremente escogido y aceptado, fomentar el crecimiento económico secundado por el desarrollo social,  combatir el desempleo, velar por unos salarios justos y por el trato humano a los trabajadores.
                Desde hace tiempo,  expertos  en  economía y en  política le vienen recomendando al Gobierno una revisión y  rectificación de sus políticas socioeconómicas. Ya es hora  de que el presidente Uribe   deje conocer su corazón grande mediante  un contundente plan de economía social. Atender los derechos económicos y sociales es una prioridad en este país. Si bien es necesario enfrentar las causas subjetivas de la violencia, es indispensable enfatizar en las causas objetivas y enfrentar con decisión la pobreza y la indigencia. No se puede presuponer una verdadera seguridad democrática a espaldas de los derechos sociales y económicos.  El trabajo productivo es indicador relevante para el crecimiento económico, el desarrollo social y la convivencia civilizada. No se puede acabar la pobreza aumentando la indigencia, ni con medidas populistas que incentiven una sociedad mendicante, pedigüeña y atenida.
                 El economista y político chileno Manfred Max-Neef, en su ensayo “Desarrollo a escala humana”, se refiere a un sistema de necesidades fundamentales y sugiere no hablar de pobreza sino de pobrezas: “De hecho cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana”. Agrega que a cada pobreza le corresponde una patología encaminada al detrimento del bienestar físico y mental del ser humano. Sin embargo, no dejan de aparecer publicaciones que indican que Colombia es uno de los países más felices del mundo. ¿Será que tenemos tergiversados los valores? ¿Qué entendemos por felicidad los colombianos?




COLOMBIA: INDEPENDENCIA Y ESTADO-NACION

Colombia: Independencia y Estado-Nación
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
             El análisis de la formación del Estado-Nación en Colombia debe partir del reconocimiento del hecho de que el Nuevo Reino de Granada tenía  marcadas diferencias con España, diferencias económicas, demográficas y culturales que expresaban su forma de vida.
            Durante el Siglo XIX, la interpretación del Estado nacional tiene dos connotaciones: la primera de orden político, relacionada con la Independencia norteamericana de 1776 y Revolución Francesa de 1789;  la segunda, de orden cultural, que concibe la Nación en el sentido de comunidad con antepasados comunes, de un mismo origen y rasgos culturales específicos que la identifican y la diferencian de otras comunidades.
            En el caso de la monarquía española, la identidad cultural estaba conformada por diversas comunidades (Galicia, Andalucía, Cataluña), colectividades  coexistentes sin dar lugar a un proyecto independentista. Por su parte, la independencia hispánica se entiende como producto de las crisis o desintegración de la monarquía.
             Las instituciones político-administrativas que llevó a cabo el gobierno colonial (virreinatos, audiencias,  capitanías, corregimientos, cabildos, etc.) contribuyen en la construcción de identidades políticas. En la metrópoli, el sistema político colonial tenía organismos de control: el Consejo de Indias y la Casa de Contratación, el primero centralizaba la administración con funciones ejecutivas, legislativas y judiciales; la segunda, se encargaba del comercio   de ultramar. Finalmente terminó definiendo todo el Consejo de Indias y el soberano se limitaba a firmar sus determinaciones. El dominio español en América fue legitimado por la religión, de donde se puede deducir que la identificación del catolicismo con la lealtad española, se convirtió en un obstáculo para la Independencia. Es así como en víspera de  este acontecimiento no era claro el sentimiento de una ruptura con España y mucho menos el deseo de un Estado nacional moderno.  Esto hacía necesario un discurso legitimador de la Independencia.
              La americanidad surge de la necesidad de una patria singular.  Los americanos son considerados por los europeos pertenecientes a una casta inferior y degenerada; situación que moviliza a las élites intelectuales  criollas en la defensa apasionada del continente. Los americanos  impulsados a revisar el pasado precolombino tras el imaginario de singularidad americana  introyectan un discurso unificador de indígenas y criollos, habitantes de América por oposición a los peninsulares, nada fallido en las guerras independistas. El debate de la igualdad política entre la Corona y las colonias entra en primer plano, tal como se puede constatar en “El Memorial de Agravios” de Camilo Torres; discurso que a la vez no abordaba el deseo de una ruptura definitiva con la metrópoli: “No temáis que las Américas se os separen. Aman y desean vuestra unión…)  Hasta 1810 las élites criollas se creían iguales a los peninsulares y a partir de ese momento encontraron la necesidad de distinguirse de los españoles  que los llevó a pensar seriamente en la identidad americana. El desuso de términos como ‘españoles americanos’ y ‘españoles’ remite a una oposición conflictiva que vislumbra un deseo separatista, se trata del enfrentamiento de dos naciones diferentes y rivales:  la española y la americana.
               El 20 de julio de 1810 no constituyó en realidad un movimiento independista. Se trata de una Revolución frustrada como algunos han coincidido en denominarla. Los cambios suscitados ese día y los que le siguieron, significaron el traslado del poder a una junta de gobierno mediante la cual se compartían tanto criollos como españoles, pues el presidente del ‘nuevo’ gobierno sería el virrey derrocado, Antonio Amar y Borbón. De esta manera, los objetivos de esta junta fueron la consecución de autonomía con respecto a España, sin que se pensara en una independencia absoluta.  Difícil la unidad nacional cuando los dirigentes defienden intereses concretos, lo que ha conducido a algunos historiadores a considerar  que equivocadamente la Independencia se ha entendido como un movimiento de héroes que lucharon por la autodeterminación política y por lograr reivindicaciones democráticas para toda la población que realiza una serie de reformas anticoloniales llevando al país a una nueva fase de desarrollo socioeconómico.
               Después del movimiento independista del 20 de julio de 1810, durante muchos años siguieron prevaleciendo las instituciones económicas y sociales de la Colonia; no obstante el impulso popular  de la Independencia en las etapas culminantes, tuvo un contenido de clases que entró a limitar sus objetivos.  En otras palabras, fue una revolución democrático-burguesa que cambió las estructuras políticas coloniales, se dio forma de república haciendo perdurar la estructura de la vieja sociedad señorial. Sólo a partir de 1850, Colombia asume una dinámica diferente.
               Desde mediados del Siglo XVIII hasta inicios de la Independencia, no se puede hablar de un verdadero  Estado nacional; en este periodo, el proceso de modernización lleva a formular y practicar nuevas  técnicas e ideas en relación a procesos de industrialización y acordes a políticas inglesas.  Las Reformas Borbónicas se encaminan en este sentido, lo cual genera conflictos con la población colonial que se traduce en crisis  de legitimación con sus respectivos problemas de demanda de participación política. La clase criolla, entonces, comienza a asumir una conciencia de patriotismo con emotividad y sentido de pertenencia hacia el propio territorio y el deseo de emancipación política. Al respecto, Francisco Leal anota que no obstante la extrema debilidad institucional del Estado y su ausencia de presencia física en el territorio colombiano, se fueron desarrollando procesos de identidad nacional en los sectores dominantes de distintas regiones.
               Para la construcción de Nación-nacionalidad, Jaime Jaramillo Uribe, considera los siguientes elementos: 1) Un territorio sobre el cual se ejerce soberanía y se tiene un cierto grado de control ( en el caso de nuestro país, después de 1830 existía un vasto territorio compuesto por un mosaico de regiones geográficas aisladas debido a las pésimas comunicaciones, 2) Una economía nacional integrada al mercado mundial(en Colombia con la aparición del café , el país tuvo un soporte seguro para la economía exportadora), 3) Una cultura común, existencia de una lengua y una religión común, a la vez gran diversidad de rasgos culturales propios a nivel regional, 4) Una organización política común; para que los sectores sociales tengan intereses, derechos y valores comunes en el campo económico, social y político, se necesita una figura descollante o de una élite. Bolívar después de la Independencia y en la segunda mitad del siglo XX, Rafael Núñez,  de quien se dice,  le caracteriza mucha claridad en el problema de unidad nacional.
              Entre 1810-1816 se dio la necesidad de crear nuevos puntos de referencia en la fundación y fundamentación  de un sistema político y la búsqueda de un vasto reconocimiento al interior del Estado. En el proceso de formación de la Nación, se encuentra que no obstante el aislamiento territorial por dificultades de transporte y de comunicación, el territorio nacional mantiene algunos factores de unidad: se trata de cierto tráfico económico, a pesar de la deficiente organización burocrática del virreinato existía cierto control político del territorio, una unidad monetaria (peso de ocho reales) , a la élite le acompaña factores de unidad nacional que incluye lengua, religión y un ideario transmitido por instituciones educativas en contra del sistema de castas de la Colonia, además del activo proceso de mestizaje. La nacionalidad no fue exenta de creación cultural y del deseo de bienestar económico. Los criollos ilustrados adoptaron en las constituciones el ideario de los derechos humanos, las ideas de igualdad y de libertad, el concepto de territorio, soberanía popular y obviamente la formación ciudadana sin la cual no es posible construir Estado-Nación.



COLOMBIA: MODERNIDAD POSTERGADA

Colombia: Modernidad postergada
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
                      El desencanto de la modernidad es lo que se denomina postmodernidad. Como elementos característicos de una sociedad moderna tenemos  el uso de la razón contra toda forma de oscurantismo.  La exaltación de las ideas liberales, la democracia por encima de gobiernos teocráticos, autoritarios y dictatoriales.  La fe en el ser humano como constructor de su propio destino, la capacidad transformadora del hombre orientada hacia el bien colectivo.  La renuncia de la fuerza y de la violencia para dirimir los conflictos.  La vigencia de los derechos humanos.  La secularización de la historia, etc.
                    En Colombia  nos encontramos en la postmodernidad, es decir, en la modernidad postergada.  El uso de  la “razón” ha permitido cometer  los delitos más atroces. El desarrollo desigual de la población,  la insensibilidad social de los poderosos, la guerra como opción política: primero se  aprendió  a matar y después  a dialogar.  El monopolio del poder  por parte de los mismos de siempre, lo cual  ha sido obstáculo para darles cabida a partidos diferentes a los tradicionales. La crisis del bipartidismo y la imposibilidad de conformar y consolidar unas terceras fuerzas políticas. La falta de organización, de coherencia, de cohesión y de una plataforma política atractiva  por parte de la izquierda democrática.  Las tiranías y los autoritarismos  que no sólo hacen estragos en el cuerpo sino también en el alma.
                   Patologías de la ‘democracia’ tales como la ausencia de un proyecto de Nación, la falta de participación ciudadana, la pérdida de legitimidad de las instituciones, las prácticas clientelistas,  corruptas y politiqueras que degradan tanto el régimen como el sistema político. El secuestro y la carencia  de garantías para  preservar la libertad de los asociados.  El terrorismo que hace involucionar a épocas salvajes y primitivas;  el sistema presidencial que subsume todos los poderes en el Ejecutivo.  El reeleccionismo que invalida la alternancia del poder. Un Congreso inferior a las expectativas e intereses  nacionales. La falta de cultura ciudadana, el desprecio por los valores éticos. La indiferencia por lo público y la inclinación al dinero fácil.  La falta de legitimidad de los gobernantes, son entre muchos otros elementos que identifican   una sociedad desencantada.
                    Una sociedad moderna tiene que erigirse sobre la base de los pilares básicos de la democracia, es decir, sobre la igualdad y la libertad de los asociados. Para ello se requiere, en primera instancia de hacer realidad los derechos humanos, es decir, de aquellos bienes primarios que según  Ángelo Papacchini: “…son aquellas garantías que requiere un individuo para poder desarrollarse en la vida social como persona, esto es, como ser dotado de racionalidad y de sentido. En consecuencia se habla de que ningún hombre puede existir sin libertad, ni propiedad, ni sin condiciones económicas mínimas para la vida”.


COLOMBIA Y LA CRISIS DE VALORES

Colombia y la crisis de valores
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
                Es indudable   el hecho de que Colombia viene atravesando por una gran crisis de valores. Los resultados del plebiscito del pasado 2 de octubre lo constata aún más. Es ininteligible que un país como el nuestro, agobiado por una guerra de más de cinco décadas, decida decirle No a una paz estable y duradera.  Algo asombroso porque los resultados coinciden con  la tesis del filósofo colombiano, Estanislao Zuleta, en el sentido de que “un pueblo que no está maduro para el conflicto, no está maduro para la paz”.   Si hubiese ganado el Si en las condiciones que ganó el No, estaríamos pensando lo mismo, toda vez que lo que teníamos preconcebido el 90% de los columnistas colombianos era que el triunfo del Sí sería rotundo. Pero no fue así.  
                Muchos atribuimos este resultado inconcebible a la falta de cultura política de los colombianos, que desconociendo la real dimensión del acuerdo de paz, se dejaron manipular por quienes indecorosamente se valieron de una sarta de mentiras que hicieron mucho daño a una democracia débil y en construcción como la nuestra.     
                Democracia es el amor a la verdad, si no hay verdad no hay democracia. En las redes sociales se difundieron comentarios referentes a atribuir la ignorancia como causa de los resultados del plebiscito, sobre todo endilgando este término, no sólo a quienes apoyaron el No, sino también a quienes se abstuvieron de votar. No pocos entendieron el término ignorancia como algo peyorativo, pero la verdad, no es para tanto.
             Si recordamos, Sócrates, el connotado filósofo griego, a pesar de haber sido reconocido como el más sabio entre todos los sabios, tuvo la humildad de reconocer que “sólo sé que nada sé”. Y entonces, en este caso, la falta de cultura política sí es ignorancia y por ello no nos podemos sentir ofendidos. Debemos ser más contundentes en reconocer las ignorancias ajenas y en el mismo sentido, contundentes y humildes con las propias.  
             Sócrates, relaciona la ignorancia con la maldad.  Afirma que el  hombre es malo porque no se le ha enseñado a ser bueno. Por lo tanto, la ciencia y el conocimiento deben servir para hacernos mejores seres humanos. Valores como la verdad, la virtud,  la justicia, la solidaridad y  el amor deben estar inevitablemente encaminados a construir el nuevo país que la gran mayoría de compatriotas soñamos y necesitamos. Buena parte del capital humano está en nuestras ciudades, pero infortunadamente se desperdicia por la indiferencia del Estado, de las familias y de la sociedad en general.
             La educación es una de las actividades fundamentales en las sociedades modernas. De ella  deriva el ser humano la prolongación de su existencia individual y colectiva.  La educación es el proceso mediante el cual una sociedad trasmite sus tradiciones, valores,  costumbres, técnicas y los elementos básicos de lo que constituye su nacionalidad. A los gobiernos les compete la delicada tarea de educar a los futuros ciudadanos. Una sociedad feliz no puede edificarse en un ambiente de desconsideración, desprecio e irrespeto al otro. Vale la pena preguntarnos: ¿En Colombia estamos educando para  la solidaridad, para la paz, para la justicia, para la felicidad colectiva? ¿O simplemente estamos educando para ganar el propio sustento, olvidándonos del compromiso y la responsabilidad que tenemos  frente a la sociedad?
             No se puede circunscribir la educación al aprendizaje de técnicas y habilidades para el enriquecimiento de unos pocos  en detrimento de  intereses colectivos.  Ciencia y tecnología resultan incoherentes ante la pobreza extrema y la violencia generalizada. Un Estado que no se preocupe por universalizar el derecho a la educación es un Estado torpe. Los procesos de privatización de la educación, resultan funestos en aras de consolidación de una sociedad democrática. Un Estado solidario y justo produce y reproduce ciudadanos solidarios.
            El Libertador Simón Bolívar es enfático al afirmar que sólo la educación nos hará libres. Pensamos que de todos los valores humanos, el de la libertad es el más fundamental.  Si el hombre no es capaz de asumir conscientemente sus propias decisiones, si es manipulado, no es libre. Locke y Rousseau, padres del liberalismo clásico lo argumentan.

            Educar y formar hombres libres, seguros  y autónomos, con sentido social; cohesionados por valores tales como la solidaridad, la tolerancia, la justicia,  el respeto por las diferencias, la libre crítica, etc. posibilitaría una sociedad menos traumática, más solidaria y obviamente con mayor apego a la paz y a la vida. Los buenos gobernantes no descuidan la formación humanística, pues en las humanidades está la esperanza de la humanidad. Menospreciarlas, abona terreno a nuestras miserias y tragedias.  Gobernantes y líderes sin formación o sin pasión humanística pueden convertirse en obstáculos en procura de una ética para la paz y la vida. Los colombianos requieren con urgencia una pedagogía  para la paz. La actual polarización de la sociedad así lo demanda.

COLOMBIA: PAIS PROTESTANTE

Colombia: país protestante
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
                Como las causas perduran, los problemas se mantienen. Por eso continúan paros, marchas, movilizaciones, bloqueos de vías mediante los cuales diferentes sectores sociales muestran el inconformismo con un estado de cosas y situaciones en la lucha por el reconocimiento de los pueblos.  Y es que una  sociedad desigual y excluyente como la nuestra abona terreno para todo tipo de protestas e inconformidades. No debiera ser pero lo es y esto es evidente.
                No obstante los siglos de historia republicana, los colombianos aún  no tenemos claro un proyecto de país, de regiones y de ciudades y por ello no nos hemos podido consolidar como Nación.  Encontramos una sociedad completamente polarizada que en no pocas ocasiones genera miedo. No vislumbramos un Plan Nacional de Desarrollo incluyente que llene las expectativas de la mayoría de los colombianos. El desarrollo socioeconómico ha sido desigual. Ya vamos para un siglo hablando de una Reforma Agraria y los problemas del campo no se resuelven. Los gobiernos de turno  caracterizados  más por promesas que por soluciones. El Legislativo  incapaz de generar leyes útiles y convenientes para la sociedad.
                Hace más de un año el paro agrario se prolongó por varios días hasta lograr unos acuerdos  entre el Gobierno y la Cumbre Agraria, Étnica, Campesina y Popular. Como toda protesta de esta índole, las consecuencias de orden socioeconómico no se hicieron esperar  en toda la geografía nacional. Sobre todo, las consecuencias de bloqueo de carreteras  que  paralizan la movilidad. Personas muertas  en hechos relacionados con la protesta, varios heridos, la afectación de pacientes que requieren suministros médicos en los hospitales, como es el caso de Popayán y el Cauca, por bloqueos de la carretera  panamericana;   expendios de gasolina cerrados  y en algunos supermercados  escasean  los productos, etc.
En el momento de escribir estas líneas, hay posibilidades de un acuerdo entre la Minga Indígena y el Gobierno y ya hay optimismo ante un desbloqueo inminente de la panamericana. Las motivaciones y circunstancias entre el paro agrario del año pasado y el actual de la Minga Indígena son similares. No es menester exigir la materialización de unos derechos vulnerando otros, así existan razones legítimas de exigencia de los protestantes. Lo cual indica una búsqueda diferente a este tipo de protestas para dirimir los conflictos.
                   El reconocimiento de la existencia de los conflictos hace necesaria la tramitación pacífica de los mismos,  la recurrencia al diálogo, a las negociaciones, a los acuerdos y a que se cumpla lo pactado. Las vías de hecho y de fuerza se contraponen a la razón de ser del manejo o tramitación de los movimientos sociales; lo que hace necesaria la sensatez, la prudencia y la actitud conciliadora de las partes.
                  Pedro Santana en su libro “Los movimientos sociales en Colombia” indica: “…los movimientos sociales han establecido una relación crítica con el Estado, del que reclaman satisfacción de una serie de necesidades. Pero también con los partidos y movimientos políticos que mantienen un pie en la sociedad civil y el otro pie en el Estado. Es decir, buscan consenso en sectores de la sociedad civil, en sus propuestas de organización de la sociedad y en la solución de problemas…” Los movimientos sociales están dotados de una naturaleza civilista, pacífica, descentralizada y autónoma. Con actitud tolerante y  pluralista en una nación reconocida pluriétnica y multicultural, los movimientos sociales  resultan reconfortables ante el estado de violencia generalizada que vive el país.
                 Sobre los paros agrarios e indigenistas en el  Cauca,  es reiterativa la queja sobre la falta de liderazgo de la clase política regional, cuyos congresistas sólo se dejan ver las caras en los procesos electorales pero nada más. Ante circunstancias como la actual, se  demanda la presencia viva de los congresistas en bancada en los escenarios regionales para que actúen como mediadores en la solución de la difícil problemática regional, que mantiene al departamento como uno de los más rezagados en desarrollo humano  a nivel nacional, lo que convierte a la región en caldo de cultivo para que se proliferen una serie de conflictos que hacen cada vez más tensa la relación entre Estado y sociedad. El Congresista Oscar Ospina, ya a punto de otra nueva negociación entre Gobierno y la Minga Indígena, se pronunció con una desabrida carta al Presidente que la hizo conocer en las redes sociales; como si con cartitas se fuese a resolver la difícil problemática y con ello demostrar el liderazgo inexistente de los congresistas regionales.

               En el manejo de los conflictos sociales, hay que  comenzar por la protección del derecho a la vida,   hacer realidad los derechos sociales y económicos y generar en los ámbitos públicos y privados una pedagogía por la tolerancia y la convivencia pacífica.  Estado, movimientos  sociales y partidos políticos,  gremios de la producción y la misma sociedad civil pueden unidos  minimizar los males que tiene Colombia.